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Suscribirse al canal contenidos Ascensión a el Ibonet (2868 m) por klaus -- 04/08/2017
Vía: (Trigoniero) --
(171 visitas)
  • Hora de salida: 7
  • Hora de llegada: 15
  • Meteorología: Sol
  • Dificultad: Muy facil
  • Días: 1
  • Tipo: Ascensión
  • Gps: Sin fichero GPS
  • Sin panorámicas
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Ibonet  (2868 metros)
Croquis Sui Generis
Croquis Sui Generis
Entre dos puertos tan importantes por su situación como el de Bielsa y Ordizeto, se desarrolla un cordal fronterizo de andar amable por un terreno de tasca alpina y roca esquistosa, aunque con algún tramo más vertical y agreste. El pico del Ibonet constituye la máxima elevación de ese cresterío, una montaña distinguida que se alza prominente sobre la divisoria casi rayando los 2900 metros de altitud. Su ascenso no reviste dificultades serias por cualquiera de las dos vertientes, sea partiendo del Hospice de Rioumajou en el lado francés o acometiendo la subida por el valle del Trigoniero. A cambio el desnivel a superar tanto por la cara francesa como por la oscense, rondando los 1600 metros positivos en la segunda opción, es un dato a considerar si vamos a realizar la excursión en el día. Semejante pechugada requiere de un esfuerzo físico que tal vez soprepase la capacidad del montañero, exigencia que pude servir de excusa, si en realidad hace falta alguna, para dividir la ruta en dos jornadas. Qué mejor sitio para hacer noche que a la orilla del ibón de Trigoniero, en un lugar apacible y solitario, con abastecimiento seguro de agua y admirando cómo atardece sobre un paisaje dilatado de montañas y valles.

DATOS TÉCNICOS:
-inicio, antigua aduana franco-española, a 1300 metros de altitud.
-duración, entre 8 y 10 horas en total.
-desnivel, 1600 metros de subidas y bajadas.
-Pico del Ibonet o Arriouere, a 2866m.

DESCRIPCIÓN
la intempestiva hora de las dos de la tarde, un sol de justicia y un calor rayano en los 30 grados, un sobrepeso en la mochila que excede de lo habitual y del que de inmediato protesta la espalda, no son los prolegómenos ideales para disfrutar de una agradable excursión de montaña. Los inicios siempre cuestan, y una vez salvadas las aguas del río Barrosa gracias al puente, ni la sombra del fresco bosque ni las lazadas de camino que mitigan la pendiente evitan los sudores y el pensamiento de a dónde narices vas. No hay relajo y tampoco aire para admirar un abeto de tamaño enorme que se alza tras la primera curva, o para echar la vista hacia la copa de los altos chopos, mientras el camino se aproxima a la orilla derecha del barranco de Trigoniero, adecuado para la práctica del barranquismo en temporada de verano.

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La hermosura del valle de Trigoniero enseguida actúa como analgésico para eliminar esfuerzos y pesares. El bosque, compuesto por una variedad excepcional de especies: arce, pino, haya, avellano, fresno, abedul, serbal y muchos más, sirve de protección a nuestro andar a la vez que el rumor saltarín del torrente, en cascadas y badinas, sube el ánimo y aleja cada vez más el aparcamiento del coche. La senda, clara y marcada por las pinturas clásicas de un PR, amarillas y blancas, tras cruzar una conducción de agua, pasa al lado de una borda escondida por la vegetación en los campos de la Empentinata. Mas arriba, un canchal extenso de rocas se desliza por la falda de la montaña en el que sorprende ver a pinos aislados medrar entre los bloques de piedras.

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En un tramo mas abierto del valle, con multitud de acónitos en esta época del año, se acumulan decenas de pinos en el cauce del barranco. Es de suponer que fueron arrastrados por la fuerza de un alud reciente que cayó por la falda de la montaña, y sus troncos aparecen desparramados como prueba viviente de la avalancha. El camino ahora está despejado de vegetación, pero en el momento de la avenida debía estar intransitable. Fuera de la zona de arrastre y maleza, hay oportunidades de bajar al torrente para darse un pequeño baño o refrescarse si el calor agobia, porque mas adelante el barranco se encajona y forma cascadas muy fotogénicas pero de acceso complicado.

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Tras pasar una portilla de maderos para impedir que las vacas salgan de su refugio de verano, la senda atraviesa una zona llana cubierta de pinar y de suelo fangoso. A la salida del bosque llega el momento de cambiar a la otra orilla del torrente, gracias a una pasarela metálica de buena factura que salva las aguas presurosas de la corriente. Una serie de cascadas se descuelgan por encima del puente con un ímpetu y fuerza muy distintas al remanso de meandros de la llanura superior, como si el agua estuviera harta de tanto reposo y quisiera escapar a toda velocidad. Esos saltos del barranco, junto a las vistas del valle ascendido, hacen de este lugar parada obligatoria.

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Unas eses cortas por la ladera de tasca nos elevan hasta la entrada a la Plana del Cabo. Una pradera alargada por donde serpentea el torrente entre pinos diseminados, bajo un circo de montañas de pendiente herbosa, y en cuyo extremo norte se levanta un refugio pastoril descuidado pero útil en caso de tormenta repentina. El camino balizado del PR atraviesa la planicie en su periplo hacia el puerto del Trigoniero, entre las vacas que pacen ajenas a nuestros andares y hacen de la llanura su casa de verano. Como el propósito es hacer noche en el ibón de Trigoniero, dejamos la plácida travesía por los prados para encarar de manera directa las rampas de hierba que cierran el valle por el este. Una hilera de mojones animan a cruzar pronto una torrentera pedregosa para seguir las duras rampas hacia arriba. A partir de este momento, eran las cuatro y media de la tarde, no hubo ocasión de saludar a persona humana hasta volver al día siguiente otra vez a la Plana. Los sarrios que se cruzaron por el camino, y las ovejas que pastaban encima del ibón de Trigoniero no computan.

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La cuesta se empina de lo lindo en este tramo inicial de subida al ibón que por suerte discurre por un suelo herboso, cómodo de pisar, y entre matas de rododendro que siempre alegran la vista. En la parte baja de la ladera tal vez veamos la traza de un sendero perpendicular a nuestro hitos; se dirige a la cubeta de los ibones de Mener, bajo los picos de mismo nombre, y motivo para una futura excursión. Mas arriba se pasa por un estrechamiento de la torrentera, ya seca a esta altura, para continuar en línea recta y sin una concesión al reposo.

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En ausencia de un camino marcado por la ladera, los hitos de piedras ayudan a insistir sobre la orilla izquierda de la torrentera, cerca del lecho pedregoso, hasta alcanzar una altura aproximada de 2250 metros. En ese momento cesa el rumbo en línea recta sostenido desde que abandonamos la Plana, para realizar un giro a izquierdas que conviene no pasarse. Se cruza el cauce seco del torrente en el arranque algo difuso de la media ladera que está por venir. Hasta es posible que debamos perder cota con idea de enganchar otra vez la ringlera mas consistente de mojones.

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Entre el exceso de kilos de la mochila, la agonía del calor que pegaba esa tarde, y el esfuerzo de superar las duras rampas de subida, tuve un amago de telele o desfallecimiento, precisamente cuando la pendiente afloja y el camino se torna mas amable. Una especie de faja que avanza hacia el norte, de vista aérea sobre la Plana del Cabo, y con ligeras subidas y bajadas donde estar atento a los hitos de piedras. Fueron varias las paradas a fin de recobrar la calma y el aliento, tomando un refrigerio y pasando de largo una curva cerrada a derechas que efectúa el camino.
Esta salida del trayecto hacia el ibón lleva a una caseta pastoril en ruinas, elevada sobre un promontorio al que se descuelga una cascada procedente del lago. Albricias, porque allí me refresqué con el agua fresca y de paso rellené la cantimplora que sonaba ya hueca. Al ser zona ganadera, añadí una pastilla potabilizadora dentro de la cantimplora al abrevar de los torrentes, por si acaso. El agua sabe así a trago inesperado de piscina clorada, pero se evitan males mayores.

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Hay que estar atento a los mojones de piedras en las últimas rampas de acceso al ibón. El camino se difumina a veces por la tasca, y a base de cortas eses, con algún paso mas escarpado, se llega a la recogida cubeta que aloja el lago.

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Con la decisión acarreada de subir la tienda de campaña, aun cuando todos los pronósticos del tiempo eran favorables y no anunciaban chubascos, llegó el momento de las dudas e incertidumbre. Casi es mejor encontrar un paraje de huecos mínimos para montar la tienda, que no el vergel de campas de hierba a modo camping que rodea las orillas del ibón de Trigoniero. Tras peinar la zona minuciosamente se escogió un lugar en teoría protegido por rocas, a escasos quince metros de lago y cerca de su desagüe. De la proximidad a las aguas se podía augurar mucha humedad al relente de la noche, pero por ventura resultó una pernocta mas seca de lo esperado.

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Mejor llegar con tiempo al alojamiento donde vas a pasar la noche, por ver si es de tu agrado y en caso contrario pedir lo que falta en recepción. Así vas tranquilo a la hora deshacer el equipaje, probar el colchón de la cama, acicalarte un poco en el baño, ponerte ropa de mas abrigo porque en el pirineo siempre refresca, y salir a la terraza del hotel a tomar una cerveza y disfrutar de las vistas.

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En un promontorio elevado sobre la orilla del ibón me zampé uno de los mejores bocadillos de jamón con tomate que he probado en la vida, no por la calidad del embutido, sino por el ambiente.

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Luego vendría la noche y las estrellas.

A la luz del alba, de un Sol que despertaba por detrás del puerto de la Plana y mantenía en sombra todo el circo del ibón de Trigoniero, comenzó la subida al pico del Ibonet. La suerte de emprender el ascenso al mismo tiempo que comienza el día es una de las mejores experiencias que se pueda tener en la montaña.

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De las dos posibilidades de acceso al puerto de la Plana, yendo por la derecha o la izquierda del circo que defiende al ibón, escogí la segunda opción que parece mas directa. La temperatura durante la noche fue suave, y sólo las rachas de viento animaban a no quitarse la ropa de abrigo durante la subida al collado. Un trayecto por lomas de tasca cómodas de andar, pasando junto a una charca de batracios, y tomando de vez en cuando el rastro de las trochas que deja el ganado ovino.

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Al llegar al puerto de la Plana se hizo la luz, con los rayos del Sol que incidían de frente y ensombrecían el valle de Rioumajou, abajo en la vertiente francesa. La silueta de picos y montañas se perfilaba en el horizonte con las luces claras del amanecer.

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La ladera de subida al pico del Ibonet es muy ancha al comienzo, con secciones de tasca alpina y otras de esquistos que es la roca típica de este cordal. Una cuesta pindia nos deja en la base del casquete rocoso final. Quien sus escribe bordeó por la vertiente francesa un primer resalte mas vertical, que no parece muy complicado, para luego acceder a la cresta mediante una pedriza resbalosa de esquistos. El tramo final requiere algún apoyo leve de manos, buscando la roca firme, hasta llegar a la recoleta plataforma cimera.

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Como dicen en Cataluña:a gaudir del panorama, porque en un día despejado como el de aquella mañana se contempla un desfile de macizos célebres del Pirineo, como el de Monte Perdido, Neouvielle, La Munia, y otras montañas conocidas y por descubrir.

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Poco más de una hora costó subir los casi quinientos metros de desnivel existentes entre el ibón y el pico. En la cima a las 8 de la mañana, con todo el tiempo para admirar del paisaje y para tomarse el descenso con relajo. Como alternativa de regreso se podría bajar al Puerto del Trigoniero y usar el PR señalizado que vuelve a la Plana del Cabo, pero había que desmontar el campo base del ibón, que lleva su tiempo, y la idea de cargar con tanto peso en la mochila durante toda la excursión fueron motivo de deshacer el camino de la ida.

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