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Noticia: Y Pérez de Tudela se va al Everest

Queridos lectores de Desnivel. Soy un veterano alpinista que sigue en activo y ojalá que por muchos años más. Rendirse es dejar de ser. Y el "ser" es mucho más que "tener", que solo es un concepto materialista, vulgar y casi ordinario.

Me voy a escalar el Everest con mi hijo Bruno que ya me acompañó en dos trágicas expediciones anteriores, en 1990 y en 1992. Ahora casi veinte años después decido volver para no tener que arrepentirme cuando sea más mayor.

Sé que para mí es una expedición peligrosa (sufrí un infarto cardiaco en la misma montaña) y va a resultarme muy costosa por el gran esfuerzo, por el frío, por la comida, por la falta de higiene, por la falta de oxígeno, y por la incomodidad de tantas semanas a la intemperie. Pero el que algo quiere debe aceptar los riesgos y el sufrimiento que comporta intentarlo.

Esta vez no voy para presumir, que también es legítimo. Yo ya he presumido, quizás demasiado hace treinta y cuarenta años atrás. Ahora sí que soy más yo mismo y voy al Everest para estudiarme y de esa forma tratar de entender qué es en esencia el alpinismo, y con ello comprender a tantos alpinistas, y a la misma vida.

Voy al Everest como reto y como aventura, como estudio y como vivencia. Deseo que mi corazón no vuelva a fallar y que el tiempo apacible me acompañe y no me impida ascender, dios quiera que a la misma cima.

Y ahora que regreso al Everest es cuando empiezo a darme cuenta de lo que esta aventura va a significar en mí, independientemente de tantos juicios precipitados y posiblemente poco acertados sobre su significación alpina.

En 1969 decidí, tras la expedición al Caucaso 1968, y de haber escalado las paredes nortes del Piz Badile y del Lavaredo, que debía afrontar la verdad trágica de aquella leyenda que la pared norte del Eiger significaba. Sí era lo que quería ser, tenía que demostrarlo fundamentalmente ante mí mismo. Y así pude hacerlo...

Desde entonces quise ir al Everest, que tras el Eiger, ingenuamente me parecía una montaña más accesible. El Everest no era aquél muro vertical lleno de tragedias, pero era una montaña muy costosa que exigía mucho tiempo. Mis largas polémicas con la antigua Federación Española de Montañismo y mis contenciosos con el alpinismo oficial me impidieron formar parte de expediciones oficiales subvencionadas de las que tantos alpinistas de mi generación se beneficiaron. Ahora en plena madurez regreso al Himalaya dejando tantas otras montañas interesantes de la geografía de la Tierra en la lista de espera.

Deseo fervientemente que mí corazón de cardiópata no me falle y que los años llenos de vida y digna actividad no me lo impidan, y es cuando pienso que el Everest sigue siendo una extraordinaria aventura llena de riesgos, un grandioso laboratorio de estudios y análisis muy valioso, a pesar de tantas ascensiones, y de tantas torpes polémicas suscitadas sobre la utilización del oxígeno. El Everest sigue siendo un mito que yo deseo investigar por mí mismo, con la compañía de mí hijo Bruno y de algún compañero sherpa. Ya les contaré como me va. Un sincero abrazo de www.cesarperezdetudela.com (pagina web y blog)

Fuente: desnivel.com