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Senderismo Lúsera - Ibirque-Lúsera por klaus -- 15/09/2016
Jornada: (Una) --
(2988 visitas)
  • Zonas: Prepirineo de Jaca — Serrablo — Guara — Riglos,
  • Duración sin descansos: 04:30
  • Meteorología: Sol
  • Dificultad: Muy facil
  • Días: 1
  • Num. Personas: 1
  • Tipo: Senderismo
  • Desnivel de subida: 650 metros
  • Desnivel de bajada: 650 metros
  • Distancia: 14000 metros
  • Agua:
  • Observaciones:
  • Gps: Sin fichero GPS


Lúsera - Ibirque-Lúsera  
Croquis Sui Generis
Croquis Sui Generis
Nueva excursión circular entre las aldeas desperdigadas por el valle de Nocito. En esta ocasión, se trata de andar por los antiguos caminos que unían las localidades de Lúsera e Ibirque, dos pueblos abandonados a mitad del siglo XX aunque el primero esté recuperando vida gracias a la restauración de varias casas por sus moradores que, al parecer, las habitan a diario. Ibirque, en cambio, es un cementerio de edificios y de vivencias enterradas bajo el silencio de los días y una mortaja de yedras. Una muerte lenta a la que se llega mediante una red de senderos bien mantenidos y con modernas señales para desarrollar nuestras actividades de ocio montañero. La ruta discurre por terrenos solitarios, como es habitual en esta zona norte del parque de Guara, entre barrancos y quejigos donde se refugia el silencio.

DATOS TÉCNCIOS:
-inicio, Lúsera a 1040 metros de altitud.
-duración, 4:30h en total.
-desnivel, 650 metros de subidas y bajadas.
-Ibirque a 1337m.

DESCRIPCIÓN:
en la carretera que lleva a Nocito, después del aparcamiento de la Chopera y de un tramo de largas rectas, hay un paso de traqueteo canadiense y de inmediato sale por la izquierda la pista de subida a Lúsera. Con suelo de tierra, el firme se encuentra en un estado excelente para conducir sin sustos hasta la entrada al pueblo. Un aparcamiento señalizado será el hogar de nuestro vehículo durante el tiempo que dure la excursión. Este día, antes de comenzar la ruta, doy un paseo por el interior del pueblo con la sorpresa de ver a un vecino del lugar en sus tareas mañaneras. Al parecer, vive gente de manera habitual en Lúsera y se ocupan en rehabilitar antiguos edificios en ruina además de otras labores típicas del campo, quehaceres para los que resulta muy útil el empleo de un burro como el que reside en el pueblo. La iglesia de San Miguel está bien conservada, con su fachada de muros recios y una torre levantada sobre un altozano que domina el curso del valle en su longitud. Por delante del pórtico de entrada de la iglesia, pasa el camino natural de la Hoya de Huesca, coincidente con el recorrido del sendero histórico llamado GR-1.
El pueblo está dividido en dos barrios con aspecto y cuidados diferentes, el que agrupa las casas en abandono y medio derruidas, y el orientado al curso del río Flumen con viviendas listas para su uso cotidiano. Del conjunto destaca un pasadizo de dintel abovedado bajo la Casa Martín, en un rincón de ecos medievales.

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De la pista que rodea el pueblo sale el camino señalizado a Ibirque, en 1:45h de tiempo, bien ajustado a la distancia del trayecto, y con pinturas de color verde para marcar el rumbo. Justo al lado dejamos el camino natural de la Hoya de Huesca que será por donde regresaremos en la segunda mitad de la excursión. El sentido de la circular se proyectó de esta manera aunque sería indiferente hacerla a la inversa; los esfuerzos y paisajes no varían demasiado.

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El camino, limitado por tapiales de piedras, abandona Lúsera por un terreno característico de este sector del parque de Guara. Unos vallejos perpendiculares formados por torrenteras de poco o nulo caudal sobre los que se elevan unos estratos horizontales de roca caliza. La vista trasera al pueblo y a la sierra de Gabardiella resulta fotogénica con las primeras luces de la mañana.

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La mayoría de los pueblos de esta zona, estén habitados o no, se asientan junto a barrancos que llevan un caudal de agua constante para asegurar el abastecimiento o riego durante todo el año. Ejemplos son el río Guatizalema para Nocito, el curso del Alcanadre para Bara, y a Lúsera le corresponde en suerte el barranco de la Tosca, al que nuestro camino se acerca a fin de penetrar en un estrechamiento del mismo.

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La Tosca hace referencia a una roca caliza de color anaranjado que en contacto directo y permanente con el agua adquiere un aspecto esponjoso. Así se comprueba desde una asomada en el camino, al ver un salto de agua cayendo por el barranco. Su estela llevaba poca agua esta mañana, pero en primavera o tras un periodo de lluvias baja con un caudal importante.

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La senda gana altura siempre por la margen derecha del barranco, de forma suave y bajo la sombra del árbol más abundante de la zona, el quejigo o caxixo aragonés. La tonalidad ocre de su follaje aparece con los fríos del otoño y el invierno, pero este día su color marrón era fruto de la sequedad del verano y no por el cambio de estación. Una pena, pero ya recobrarán salud.

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Una zona encharcada y fangosa es señal de la presencia de una fuente natural, la fuén de Tosca, entre hierbas altas y juncos que invaden la traza del sendero. Más adelante, se cruzará un arroyo entre un matorral en el que atender a los mojones de piedras.

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Vamos ascendiendo junto al barranco de la Tosca por su tramo mas encajonado y agreste, para más arriba salir a una meseta invadida de erizones y boj donde la pendiente aminora. En este altiplano que según los mapas recibe el nombre de Balle Bail, pacían un rebaño de vacas que con sus cencerros añadían una nota de gravedad y de deliciosa quietud a la mañana.

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Lo que tal vez en otro tiempo fueran prados extensos de hierba para pasto de ganado, ahora se han convertido en una selva de matorral bajo sin apenas espacio libre de vegetación. Donde antes había rebaños capaces de alimentar y proporcionar el sustento de muchas familias, ahora son cuatro vacas que rebuscan hierba entre los erizones para mantener la tradición ganadera de unos cuantos aventureros. Los tiempos cambian, como aquella vez hace tres años cuando visité por primera vez esta meseta del Balle Bail y no supe ver la belleza sobria y austera del paraje, pasando casi de largo sin prestar atención a una naturaleza parca en adornos y florituras que necesita de pausa para ser comprendida.

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El camino es uno. Su traza atraviesa el mar espinoso de erizones sin miedo a equivocar el rumbo pues el matorral se antoja impenetrable. Los mojones nos guían hasta ver en la raya del horizonte la torre de la iglesia de Ibirque , alzada como el mástil de un barco varado.

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El arroyo que discurre bajo el pueblo fluye tranquilo a la sombra de altos chopos, sauces, y algún fresno. La senda se despista un poco al vadear su cauce. Sin entrar a un gran campo bordeado de altos tapiales, hay que seguir un corto tramo aguas arriba para dar con el inicio del repecho de subida a Ibirque.

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Los muretes de piedras nos acompañan hasta llegar en frente de la destartalada iglesia de San Martín, con sus muros amenazando un futuro derrumbe.

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De todos los pueblos de la redolada, Ibirque es el más lucido en cuanto a vistas se refiere. Paisaje agradecido a las grandes montañas de Guara y del valle de Nocito. Desde las eras del pueblo y por encima de la techumbre ruinosa de las bordas, asoman el perfil rectilíneo de la sierra del Águila, la frondosa pirámide de Gabardiella Norte, las canales enhiestas del Fragineto cayendo desde la cresta de la Ronera, el relieve poderoso del Tozal o Puntón de Guara.

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Un cartel señala los distintos caminos de acceso al pueblo, aunque antes de proseguir la marcha conviene dar un paseo entre las casas invadidas de vegetación. Los saucos y unos engendros descomunales de yedra están devorando las paredes de los antiguos edificios con la paciencia del buen comedor, con la tranquilidad de tener todo el tiempo del mundo para extender sus tentáculos de lianas por la fachada de un dormitorio o plantar su tronco en mitad del comedor. Ya no hay vecinos preocupados en talar las ramas y en desbrozar de maleza las calles de Ibirque, la desolación se pasea por las esquinas; no importa que las losas de un tejado se caigan, el agua de lluvia inunda las casas; a nadie le inquieta que una pared se derrumbe, los animales como vacas y chinches entran sin invitación; nadie se dedica a limpiar el tiro de las chimeneas porque tampoco nadie se encarga de ir a por leña, el frío se cuela por grietas y boquetes; ninguna mano cierra una puerta o sella el marco de una ventana, el polvo que levanta el cierzo no encuentra cadiera donde reposar.

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Las pinturas de color rojo y blanco del GR-16, el sendero de gran recorrido que atraviesa la comarca del Serrablo, cruza por en medio del pueblo en su viaje hacia los pueblos de Gésera y Yebra de Basa. Nuestra dirección es la contraria, ir a la Pardina de Orlato por una senda que en esta fecha se encuentra sin señalizar. Falta el letrero en el poste indicador situado frente a la iglesia, pero el trazado del viejo camino se intuye con claridad, en una bajada entre tapiales con los picos del Fragineto y El Borón al fondo del paisaje.

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Una serie de cortas lazadas entre muretes de piedra seca, nos hacen perder altura con rapidez por un terreno abierto de paisaje extenso. Las señales del incipiente Otoño aparecen en el monte, como las arañones azulados colgando en las ramas de su arbusto, el endrino.

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El camino vadea otra vez el arroyo de Orlato o de Palomar, junto a sargueras y altos chopos, por una zona llana y herbosa donde persisten los tapiales de piedras.

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Aparecen viejas marcas de pintura del GR durante este tramo de descenso, siempre por la margen derecha del barranco que depara momentos de fronda bajo el pinar. No hay desvíos claros por una senda que enseña los saltos y badinas del torrente, cubiertos por una vegetación densa y troncos caídos que dificultan el baño.

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Pasada la zona mas angosta del torrente, las laderas del barranco se abren a la vez que el camino se desdobla, siendo preferible marchar por la vereda superior aunque al final las dos opciones se juntan. Así llegamos a una intersección donde se unen caminos tradicionales con otros de nueva denominación, todos bien indicados con sus respectivas y abundantes señales.

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Sin cruzar las aguas del barranco, pues en esa dirección iríamos a la pardina de Orlato y a Nocito, la marcha prosigue hacia Lúsera por el sendero histórico del GR-1 que coincide con las moderna señalética del camino natural de la Hoya de Huesca, según el cual faltan 5´2km. para llegar al pueblo y dar por finalizada la excursión. Esa distancia en apariencia corta, presenta a cambio una sucesión de bajadas y cuestas que hacen de este tramo el más esforzado del recorrido. Para comenzar, un repecho constante de 150 metros de desnivel hasta alcanzar el cuello Barbero, con ratos donde la traza del sendero se pierde entre las lajas piedra y los matorrales de boj. Por suerte aparecen hitos y balizas de madera para confirmar el buen rumbo.

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El Cuello Barbero es el primero de los dos collados a superar en nuestro camino de vuelta a Lúsera. La senda contorna la ladera boscosa de quejigos en busca de la Collada de Santa Coloma, dando vista a una proa rocosa de perfil prominente y caída abrupta hacia los estrechos de la Carruaca. Es la punta del Palomar, que se convierte nada mas verla en una tentación para descubrir qué paisajes se contemplarán desde su cima. Antes falta un trecho en fuerte bajada y cortas zetas que por desgracia nos hace perder altitud, justo hasta llegar al lado de la fuente de la Tosca, seca en este día. Hace tres años, el caño de la fuente era de madera y ahora se ha cambiado por otro menos agraciado de plástico.

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La subida al collado de Santa Coloma discurre entre el follaje de los quejigos, por una senda estrecha de ambiente fresco y suelo de hojarasca.

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El ascenso a la Punta del Palomar desde la collada de Santa Coloma es el complemeto perfecto para la excursión circular, pero con un inconveniente, la ausencia de camino y una ladera infestada de matorral que dificulta mucho el avance. El éxito dependerá de la suerte y la habilidad del montañero para abrirse paso entre la muralla de vegetación. Quien sus escribe, tras una primera intentona fallida, trazó una diagonal hacia el hombro noreste de la Punta, usease, por la izquierda según vemos de frente el altozano. Por esa línea de subida encontré varios puestos de caza, con escaleras de madera en los troncos de los árboles, y más arriba un murete de piedras junto a a un quejigo solitario que pueden servir de referencia. Luego la progresión resulta mas sencilla por el amplio lomo del cerro, tendiendo a la vertiente de la Garganta, y con algún paso estrecho para esquivar los bojes. En todo caso, la lucha está asegurada.

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Nada hay en la cima achatada del Palomar, salvo una vista extraordinaria e impactante sobre los estrechos de la Carruaca. Las paredes se desploman al barranco del río Flumen por nuestra vertiente, donde será fácil ver el planeo de los buitres, pero también delante caen en picado las laderas vestidas de bosque de la sierra Gabardiella. Un mirador soberbio para otear desde la vertical cómo carretera y río atraviesan la angostura de la garganta, desde una perspectiva diferente y única.

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Sin duda, es el mejor balcón para admirar este tramo tan encajonado del barranco del Flumen.

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El descenso de la Punta del Palomar, de 1308 metros de altitud según el IGN, requiere de tino y prudencia para volver sobre nuestros pasos, sin bregar con la maleza más de lo necesario. Una vez en la collada de Santa Coloma, el sendero baja con fuerza mediante cortas lazadas por la umbría del quejigar. En la distancia ya se distinguen las casas de Lúsera con el perfil de la sierra del Águila cerrando el horizonte.

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La pendiente disminuye su inclinación tras descender la conocida como Cuesta del Palomar. Sobre el barranco de Santa Coloma se levantan roquedos de gran tamaño, incrustados entre la masa forestal de pinos y caxicos. Vamos por el camino natural de la Hoya, bien marcado, y con un tramo equipado con una larga alambrada metálica como protección ante posibles caídas. La senda vadea el torrente en una zona encharcada donde crecen juncos y otras plantas acuáticas.

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Ahora dejamos el barranco a la izquierda mientras el camino se aleja de su curso, en una recta con dirección clara a Lúsera y por terreno más despejado de vegetación. La pérdida de altura es continúa y por desgracia excesiva, ya que el sendero no para de bajar y queda a una cota inferior con respecto al pueblo. Esa desnivel habrá que subirlo en el último trecho del recorrido, justo tras cruzar el arroyo de la Tosca por una pasarela de rocas.

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Varios carteles avisan de la posible crecida del barranco en época de lluvias, aunque lo habitual es pasar a la otra orilla sin dificultades. Oportunidad para refrescarse con las aguas del torrente que forma un tobogán anaranjado de piedra tosca.

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En la cuesta final al pueblo el camino natural se bifurca en dos ramales, el de la derecha bordea el cerro de Lúsera y llega directamente al aparcamiento donde iniciamos la ruta. Servidor tomó la otra alternativa que asciende recto y pasa junto a un quejigo solitario de gran porte. Luego los tapiales nos acompañarán hasta las primeras casas del pueblo, donde un cartel advierte de posibles derrumbamientos, motivo por el cual se habilitó la senda antes mencionada. En cualquiera de los casos, Lúsera nos recibe con la misma paz y calma que a la mañana, sin prisas porque lleguen las lluvias de Otoño...porque tarde o temprano, con o sin gente, vendrán.

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