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Noticia: Oiarzabal: «Olvidaré esto pronto y me volverá a pasar»

Juanito Oiarzabal consumió el lunes una más de las vidas que guarda en una recámara que parece no tener fondo. Un colapso por agotamiento y deshidratación durante el descenso del Lhotse le hizo llegar en camilla al campo base prácticamente inconsciente. Aunque un día después ya daba órdenes y gruñía a todo el que no le hacía caso, su debilidad aún era manifiesta. Quizás por ello, sus reflexiones eran las de un hombre cansado de ser noticia no por sus cumbres, sino por sus rescates.

—¿Qué pasó en la Cascada de Hielo?

—Lo que me pasa siempre, que no me hidrato ni me alimento. Que paso siete días en altura y no meto nada al cuerpo. Y luego me da el bajonazo. Sé que tengo que ser más responsable.

—Pero la ascensión la hizo bien. Fue el primero de su grupo en llegar a la cumbre y volver al campo 4.

—Sí, aunque fue un recorrido largo que nos costó más de lo previsto. Por cierto, por una vía preciosa. De todas formas, yo no vuelvo aquí jamás. Es la expedición en la que menos he disfrutado de todas las que he hecho. Nos sentimos campistas, no montañeros.
—Pero es porque ustedes quieren, porque han estado esperando a que la montaña estuviese equipada para subirla.

—Precisamente por eso. Me avergüenzo de haber hecho la ascensión así. Estoy casi arrepentido de haber venido. Esperar a que una expedición comercial te lo coloque todo... Para mí es humillante. No valemos una mierda. Nada. Y eso es lo que se vive aquí, en el Everest y en el Lhotse.

—¿Es la vez que peor lo ha pasado en un ochomil?

—No. El peor recuerdo lo tengo del K2. Allí estuve a ocho mil metros, solo, perdido y congelado. Allí sí que pensé que me quedaba. Aquí me ha pasado cerca del campo base, rodeado de compañeros, y he tenido la ayuda de los sherpas de Edurne Pasabán y de su equipo, por lo que les estoy muy agradecido. El problema que tengo es que —como me decía mi mejor amigo, el difunto Mikel Apodaka— a la semana de pasarlo mal, se me olvida. Y acabará volviéndome a pasar.

—¿Cuándo empieza a notar que le fallaban las fuerzas?

—Notas cansancio porque has hecho una montaña de ocho mil quinientos metros. Quiero recordar que no tiene nada que ver subir con oxígeno que sin él. Lo hemos podido ver estos días, con una persona de 72 años que ha subido y ha bajado, cansado, por supuesto, pero en la mitad de tiempo que nosotros y sin ninguna secuela. ¿O qué crees, que Carlos Soria es «san dios» en esto de la montaña?

—¿Y usted no se plantea seguir haciendo los ochomiles con oxígeno?

—Ahora ya no, porque solo me quedan los «pequeñitos». He subido sin oxígeno el Lhotse y he utilizado oxígeno medicinal para bajar. Porque si no, no bajo. Pero lo acepto. Si tengo que volver a tirar de oxígeno para no morirme, tiraré.

—¿No cree que le están sacando de demasiadas montañas últimamente?

—No. Después de las graves congelaciones del K2 en 2004, volví a los ochomiles en 2006 en el Yalung Kang —cima subsidiaria del Kangchenjunga—, donde se me abrieron los pies y me vine para casa. Después estuve en el Makalu, donde subí como nunca, aunque me tuvieron que sacar porque tenía los pies congelados. Pero la ascensión, impecable, vamos. Luego me fui con Edurne al Kangchenjunga, donde nadie me sacó...

—Pero en el Annapurna...

—Hago una ascensión seguramente más limpia que la de 1999. Lo que pasó es que se mató un compañero y varios medios se encargaron de dar caña. Caña a no sé qué. Porque yo lo único que hice fue intentar salvarle la vida. Aprovechando que un helicóptero estaba en la búsqueda de Tolo, a alguien, no a nosotros, se le ocurrió la brillante idea de decir «coño, ya que no hemos encontrado a nadie, vamos a intentar un rescate a siete mil metros». Porque si no, igual hubiéramos bajado andando. Aquí pensaba que se iba a dar la misma situación con Lolo. Pero gracias a Dios, o gracias en este caso a Damián Benegas, que lo bajó, todo acabó bien.

—¿Entonces no tiene la sensación de que lo está pasando mal en las montañas últimamente?

—No. Me da la sensación de que en los últimos años estamos montando muchos shows. Y me molesta. No sé si me interesa ya esto. Me lo estoy pensando.

—¿Se refiere a dejar el proyecto de repetir los catorce ochomiles?

—Con esto me gano la vida. Pero a partir de ahora voy a elegir muy bien con quién ir a los ochomiles. Tengo 55 años y lo que no puedo es cuidar a mis compañeros. Me contrato a un sherpa y me voy solo. También es verdad que no ando como antes. Entonces alguno dirá: «pues retírate, cabrón». Pues no. Lo hago para joder a todos esos que dicen que me retire.

Fuente: abc.es