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Senderismo Bara - Miz - Nasarre por klaus -- 19/09/2017
Jornada: (Una) --
(1043 visitas)
  • Zonas: Prepirineo de Jaca — Serrablo — Guara — Riglos,
  • Duración sin descansos: 04:30
  • Meteorología: Sol
  • Dificultad: Muy facil
  • Días: 1
  • Num. Personas: 1
  • Tipo: Senderismo
  • Desnivel de subida: 550 metros
  • Desnivel de bajada: 550 metros
  • Distancia: 15000 metros
  • Agua:
  • Observaciones:
  • Gps: Sin fichero GPS


Bara - Miz - Nasarre  
Croquis Sui Generis
Croquis Sui Generis
Otra vez por las soledades de Bara, allá donde termina la carretera que recorre todo el valle de Nocito y aguantan las últimas casas habitables, aunque en la mayoría de los casos son vecinos estacionales que viven sólo durante una parte del año. Los demás pueblos y aldeas que se asientan por los alrededores llevan décadas abandonados y en franca ruina; un páramo de silencio que algunos encontraran triste y desolado cuando otros verán un edén para perderse en medio de la naturaleza. La numerosa red de senderos que comunican los despoblados permite trazar excursiones circulares de mayor o menor recorrido, visitando los lugares de interés de esta la periferia de Guara. Aquí, partiendo de Bara, iremos a las casas de Miz para marchar luego hacia Nasarre y su ermita románica de San Andrés, con idea de regresar visitando la entrada a uno de los cañones mas famosos de la sierra de Guara, el que forma el río Alcanadre en el tramo de las Gorgas Negras.

DATOS TÉCNICOS:
-inicio, en Bara a 930 metros de altitud.
-duración, entre 4:30h y 5 horas, en total.
-desnivel, 550 metros de subidas y bajadas.

DESCRIPCIÓN:
la estrecha carretera que lleva a Bara tiene el firme asfaltado en buen estado y una fuente a mitad del trayecto para abrevar si vamos escasos de agua. Se tarda un rato en negociar las tropecientas curvas que nos conducen hasta el pueblo, ya sea desde el sur por el antiguo túnel de la Manzanera o por la Guarguera si venimos por el norte. Un viaje en el que no es difícil cruzarse con un jabalí o cérvido en mitad de la calzada, así que mejor ir despacio para llegar sin sobresaltos al aparcamiento de entrada a Bara. Casas en su mayoría bien conservadas, de fachada de piedra y alguna manteniendo todavía la chimenea tradicional sobre tejado de losas.

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Por la calle principal de Bara, donde aquella mañana ladraban unos cuantos perros aunque no viera rastro de sus dueños, y observando cómo un rebaño de ovejas pacía en una campa cercana, habrá que seguir las instrucciones del camino circular entre Bibán y Binueste. Panel de información en el arranque del sendero que asciende a la iglesia parroquial, de hechuras románicas y aspecto todavía robusto.

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El camino deja atrás el edificio de la iglesia y desciende hacia el cauce del río Alcanadre. Aparecen industrias para mejorar la vida en el pueblo, como un panel solar y una conducción de agua que nos acompaña en el tramo inicial de la excursión. Sobre los prados del entorno suelen verse a los caballos pastar; hoy no.

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Pasamos junto a una badina que forma el río, apropiada para refrescarse en los días de calor, y una de las dos opciones de baño que ofrece el recorrido, para enseguida llegar al vadeo del Alcanadre mediante una pasadera de rocas. Hay un poste indicando el desvío que abandona la ruta a Bibán y marcha hacia Miz. En esta jornada de finales del verano los torrentes bajan muy escasos de caudal, sin embargo en los meses de primavera el agua inunda los lechos de los barrancos y se convierten en uno de los alicientes de la ruta.

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La senda avanza por la otra orilla pasando junto a antiguos campos, y viendo las construcciones restauradas del molino harinero que se levantan en la margen opuesta del río. No se puede visitar la maquinaria interior porque el edificio está cerrado, pero nos podemos acercar antes del cruce del Alcanadre para curiosear un rato y disfrutar del entorno de chopos y zinglos.

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Un breve tramo por dentro del pinar nos lleva al cruce del barranco de Miz, hoy salpicado de pequeños charcos de agua de agua a diferencia del generoso caudal que lleva en primavera. Luego vienen una serie de rampas de roca lisa donde atender a los mojones de piedras.

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Una especie de repisa nos regala un paisaje curioso y diáfano hacia el tupido pinar del barranco de Miz, y a las altas cumbres de la sierra de Guara entre el Cabezo y el Tozal. Se adivina el gran tajo que ha labrado el Alcanadre bajo los acantilados del Cabezo de Guara, motivo de visita e interés en la parte final de la excursión.

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Junto a un pinar del que ya cuelgan las primeras bolsas de procesionaria de la temporada, crecen quejigos de buen porte a la vera de un camino que se aproxima al lecho del torrente de Miz. No hará falta cruzarlo, pues una rampa corta nos sitúa en una revuelta con vistas a la chopera y casas de Miz.

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La aldea de Miz quedo despoblada a mediados del siglo pasado como le sucedió a tantos pueblos de este territorio al sur del Sobrarbe. Uno imagina la vida diaria que llevarían las gentes del lugar, sin una pista de acceso al pueblo, sin luz ni agua corriente, en una economía básica ligada al campo y los animales, apego al medio rural que tal vez nunca vuelva a darse ante las comodidades y lujos de la actualidad. La estampa ruinosa de las casas, el derrumbe de los tejados, las zarzas y saucos trepando por las fachadas, son quizás la mejor forma de ilustrar el abandono del monte en favor del hacinamiento de las ciudades. Si alguien tiene interés en conocer más sobre la despoblación en la provincia oscense, galopante y todavía en aumento, recomiendo la visita a una página web titulada despoblados de Huesca, de su autor Cristian Laglera que además firma varios libros sobre el tema.

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El camino atraviesa a lo largo las casas de Miz entre las que se encuentra una borda rehabilitada en herrería, deja atrás la exenta iglesia parroquial y llega a un cruce señalizado. Dejaremos para otro día y ocasión el desvío hacia Bibán, con animo de continuar la marcha en dirección a los pueblos de Alastrué y Nasarre, por supuesto sin vecinos. Los horarios estimados empiezan a borrarse en las señales de madera, siendo algo apresurados si la idea es llevar un ritmo normal y relajado. También otro indicador señala la existencia de una fuente cercana, pero ahora debemos subir por unas gradas rocosas en dirección a un collado evidente y visible al norte.

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La siguiente media ladera da la oportunidad de disfrutar con el vasto paisaje hacia Miz y el cordal de Guara como telón de fondo. Las panzas de roca afloran en la superficie del terreno, con los hitos de piedra indicando un rumbo por lo demás evidente. Tras un paso mas estrecho con caída de cinco o seis metros, a cruzar con cuidado si está el piso resbaladizo, se accede al collado abierto al norte.

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Cotiella, Peña Montañesa, y otras montañas del Sobrarbe aparecen en el horizonte al arribar al collado. Allí se alza un poste indicador para marcar el camino hacia Alastrué, y el nuestro a Nasarre en una hora de recorrido que se antoja pelín justa. Buen lugar para tomar un refrigerio y reponer fuerzas, aunque este día soplaba un viento fuerte de cierzo y la contemplación del paisaje se redujo al tiempo de engullir un plátano mas barrita de chocolate, para enseguida reemprender la marcha según indican las balizas de pintura verde y amarilla.

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El trayecto hasta Nasarre discurre por una altiplanicie salpicada de pinos, bojes, y erizón, cuyo mayor atractivo reside en las vistas que tendremos del entorno. Se alternan pequeñas subidas con cortos descensos, siempre con la presencia de balizas y mojones de piedras como garantía de ir por el buen camino.

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El camino atraviesa una zona abierta a la que se denomina las colladas del Aire en los mapas de la zona, tal vez por estar expuesta a recibir los vientos por las cuatro caras. Luego se desciende por la base de un largo escarpe rocoso, con restos de desprendimientos sobre la traza de un sendero muy panorámico y siempre marcado con mojones.

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Bajo los estratos horizontales de la Peña Ronato vamos por una comba que ofrece vistas hacia el valle de Rodellar y la sierra de Balcés. Pronto asoma otro poste indicador haciendo referencia en este caso al sendero que marcha hacia el pueblo de Otín, por supuesto también despoblado, y del que se divisa, si escudriñamos el paisaje, la torre de su iglesia sobresaliendo del quejijar que la rodea.

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Distinta y clara se marca la trocha del camino entre el manto de erizones, en un llaneo plácido de poca sombra que ahora prosigue en dirección sur.

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Nuestro carril empalma con una pista mas definida en una intersección señalizada. El ramal de la izquierda se dirige al pueblo de Letosa, deshabitado para mantener la costumbre de la etnología local, de la que con el paso de los años desaparecerán hábitos y nombres que sólo figurarán en los expositores de algún museo.

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Los tapiales que limitan las eras abandonadas de Nasarre, junto a la bella imagen de su iglesia que parece de miniatura en comparación a la enormidad de la sierra, anuncian la inminente llegada al des-poblado. Las balizas invitan a dejar la pista e internarse por un sendero flanqueado de muretes de piedras, signo habitual y característico de la proximidad de un asentamiento humano, aunque ya no queden personas y sólo asienten las ruinas.

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El edificio mas destacado de Nasarre y seguramente de todo el recorrido, se levanta justo en una campa por la que accedemos al pueblo, la iglesia de San Andrés. El ábside es de origen románico con detalles que remiten a la templos de la comarca serrablesa, como son los arquillos ciegos y el friso típico de baquetones. A través de un porche con tejadillo se accede a la portada de la iglesia y al reducido camposanto, con nombres en las lápidas muy ligados a la idiosincrasia local. El acceso al interior es libre, a un recinto sobrio y de pocos adornos, salvo el altar y una pila bautismal de piedra, muy sencillos, y restos de pintura policromada sobre las paredes encaladas.

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Uno de los privilegios de estar tan alejado de la civilización y de sus mundanos saqueos consiste en la libertad de dejar la puerta abierta, sin llave ni candado. Cualquier visitante puede entrar a su gusto en la iglesia, con el único precepto de cerrarla después a fin de que no entren los animales ni el ganado. Hasta existe una portezuela de acceso a la torre, a la que se añade el lujo de una escalera de madera para subir al campanario. A falta de campanas buena es la vista que se contempla a través de los ventanales, a un cacho importante del Pirineo Central y a la sierra de Guara por lado sur.

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Es de agradecer la existencia de páginas en internet como la de García Omedes y su románico aragonés, que sirven de ayuda para introducir al mundo del arte a quienes no llegamos ni a simples aficionados. Otra referencia a apuntar para quienes gustan de visitar iglesias y templos de este estilo arquitectónico, tan presente y numeroso en la provincia oscense.

En contraste con la iglesia y su buen estado de conservación, el resto del pueblo parece haber sufrido un bombardeo aéreo. Una desolación de la que seremos testigos al atravesar las ruinas por la calle principal, mientras dejamos al este el camino que marcha hacia el dolmen de Losa Mora y Rodellar.

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Si las casas que todavía aguantan en pie de Nasarre están por derrumbarse, la vegetación trepadora que invade el entorno presenta una salud fructífera, como se mostraba aquel día con cientos de moras colgando de las zarzas para merienda del caminante. Casi me atiborró de tanto comer; estaban en su punto y su gran número es señal de la escasa concurrencia que visita el pueblo, pues resulta difícil resistirse a la tentación y pasar sin echar la mano.
A través de un pasillo flanqueado de tapiales abandonamos Nasarre en dirección a Bara.

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Un descenso paulatino y bien marcado, teniendo a la vista las falda norte del Cabezo de Guara, nos deja en una intersección señalizada por un poste. De ir apurados de tiempo la alternativa corta de regreso a Bara marcha por la senda que continúa recta en la misma dirección, pero se aconseja tomar el desvío de la izquierda marcado con hitos de piedras y una tablilla indicando hacia las Gorgas Negras, hoy tirada en el suelo. El trayecto se alarga pero de eso se trata, de conocer otro de los bellos rincones de la sierra de Guara.

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En su parte inicial la senda discurre en un llaneo muy agradecido, de hermosas vistas hacia los precipicios de las Gorgas Negras. Uno de los pasajes mas fotogénicos de toda la ruta.

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Tras el faldeo de paisaje abierto al barranco viene un tramo en descenso por el pinar, con el camino a ratos hundido por efecto de corrimientos o escorrentías donde poner algo de atención. Varias lazadas bajo la umbría de una fronda donde asoman las primeras especies de ribera, chopos y sauces, llevan enseguida hasta la orilla del Alcanadre.

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El recorrido prosigue ahora junto a la orilla izquierda del río como indican los mojones de piedras, en un tramo corto que luego vadea el cauce del Alcanadre para cambiar a la otra margen. Entre los cantos rodados del lecho del barranco la senda pierde su dibujo, pero ya se trata de avanzar hasta la próxima confluencia con el torrente de Used. A escasos metros, siguiendo el Alcanadre aguas abajo, aparece la poza o gorga que sirve de preámbulo al descenso de las Gorgas Negras. Se puede bordear la encajonada badina por el flanco izquierdo, asegurando el paso en los salientes de roca para así cruzar al otro lado. Incluso a finales de un verano tan escaso en lluvias como este del 2017, la poza mantiene un volumen de agua y profundidad suficientes para darse un chapuzón.

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En función del caudal que baje por el río se puede investigar un rato por el interior del barranco, aunque al final sería necesario portar el material específico que conlleva meterse en los vericuetos de las Gorgas Negras.
Para concluir la última parte de la excursión surgen dos posibilidades. Justo en la unión del Alcanadre y el torrente de Used hay un poste indicador, en el arranque del sendero de vuelta a Bara y empleado como acceso por los barranquistas, pero también existe la alternativa de regresar por el lecho del arroyo de Used, andando por su mismo cauce si las condiciones lo permiten, en una variante recomendada por quien sus escribe, mas amena y entretenida que la opción del camino. Dejo el enlace a la descripción de ese tramo acuático, de un gran conocedor de la zona y mejor persona: La opción acuática, aunque en esta ocasión se regresó a Bara por la senda indicada que ahorra tiempo y distancia.

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La senda principia en cuesta por el interior del pinar aunque mas arriba suaviza y discurre llana bajo la umbría del bosque. Quejigos y álamos salpican la fronda que cubre esta margen del río Alcanadre.

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En los claros que deja el follaje del bosque damos vista a la descarnada sierra de Lupera y al pinar que coloniza las laderas del barranco del Alcanadre, con algún ejemplar reseco y muerto, sin una nota de verde en sus acículas. Estos árboles teñidos de marrón van siendo cada vez mas frecuentes en el monte, al menos servidor observa mas pinos en estado de defunción prematura. Ignoro las causas de la enfermedad que está acabando con las manchas verdes de pinar, seguramente el escarabajo perforador de la madera sea el responsable con la colaboración interesada de la procesionaria; juntos están haciendo estragos en sierras de mayor aridez al sur de la península y la plaga tiene mal remedio. Desde otro punto de vista, no hay mal que por bien no venga, quizás la aniquilación de masas de pinar joven y de repoblación parezca triste y desoladora, pero la naturaleza es sabia, y con el tiempo brotarán de forma natural otras especies autóctonas con mayor capacidad para adaptarse al medio y a sus condiciones, en este caso quejigos, encinas, y matorral mediterráneo.

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El sendero se acerca al cauce del río en la parte final de la excursión, sin llegar a cruzarlo. Fuera del bosque, el terreno de monte bajo y conejil se corta por montículos de arcilla que la buena traza del camino sortea con facilidad. Los tapiales de piedras anuncian la llegada a un conjunto de bordas de empleo pastoril, separadas del núcleo principal de Bara. Tan sólo resta una corta bajada para dar término a otra jornada de extravío y holganza por los andurriales de Bara.

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